Dinintel no cambia de camiseta.

Como barcelonista, ir al Bernabéu es un poco suicida. Mantenerse en el asiento en los goles, no protestar los penaltis no pitados y esas cosas propias del forofo no están bien vistas. Por suerte, nadie reparó en mi pasividad. O quizás sí.
El fútbol es un ambiente pintoresco: subsecretarios y conductores de autobús se mezclan con gamberros de barrio y hormonados muchachotes en comunión. No recordaba tanto gañán en el Bernabéu, pero es triste ver que el aficionado medio del Madrid da bastante cosica, bastante noxo. En serio, no lo recordaba tan lleno de gentuza de baja estofa y de tanto baboso. Y no lo digo porque sean del Madrid, sino más bien por el género “fan fubolero”, al que no estoy, felizmente, acostumbrado. No tengo, jamás, charlas de fútbol. Pero tocó Madrid y tocaron sus reales babosos.

El ambiente, el consabido: peñas de amigos recién comidos (con copa), padres de familia que hablan de sus hijos (que entrenan para ser Raúl), borjas en pandi, Tomás Gómez usando el coche oficial, listos de barra de bar (de los palillo en boca y Marca bajo el brazo), hombres responsables descargando bilis, alguna pareja, paletos del pueblo. Lo esperado, lo que hay, supongo, en cada campo. Pero en el Bernabéu son 100.000. Muchos dan miedito, de verdad.
Futbolísticamente hablando, Kaká no es para tanto, Xabi Alonso está perdido, Pellegrini es alto y cabizbajo, Lass corre y corre, Casillas para todo e Higuaín es uno de esos argentinos, grises y solventes, que tan bien le van al Madrid, pero que jamás triunfan (de triunfar). El partido un sopor, el Real juega fatal, aburrido, sin control, y sólo se salvó porque el Getafe lo hizo peor y Míchel quiso sacar a su hijo. Ganó porque el Getafe no supo, no mereció vencer.

Al menos no fue como el Atlético, que el ambiente es aún peor y hace un frío del copón…










